Amalia
Amalia —La de uno que en ciertas cosas tenÃa tanto juicio como tú.
—¡Ah! ¡Es Voltaire, porque este buen señor decÃa que una taza de café valÃa más que un vaso de agua del Hipocrene!
—No, no es Voltaire —dijo Amalia—, adivina.
—¡Ah! Entonces es Rousseau, porque el buen ginebrino tenÃa el exquisito gusto de pararse a respirar el olor del café tostado, dondequiera que lo percibÃa.
—Ya usted ve, está empeñado en buscar similitudes con los grandes hombres por medio del café —dijo madama Dupasquier.
—Pero no adivina —observó Amalia.
—No me doy por vencido.
—¿A ver, pues?
—Napoleón, de quien la enfermedad de familia se le agravó a causa de los toneles de café que habÃa tomado en su vida.
—Nada, nada; no adivinas.
—¡Vaya! No adivinaré quién es el autor de ese libro, pero, ¿a que adivino quién no es el autor?
—¿A ver? —dijo Florencia desde la ventana, a cuya luz estaba viendo los grabados.