Amalia
Amalia —Don Pedro de Ángelis[92], porque este autor no puede parecerse a mí desde que no toma café; toma agua de pozo, la más indigesta de todas las aguas de este mundo, razón por la cual no ha podido digerir todavía el primer volumen de sus documentos históricos; ¿acerté?
—Es Byron, loco, es Byron —le dijo Eduardo, enseñando a Florencia el retrato de la hija del poeta.
—¡Ah, Byron! Ése no tomaba café por la razón que era la bebida favorita de Napoleón; porque has de saber, mi Amalia, que Byron no aborrecía a Napoleón, pero tenía celos de su gloria, por cuanto sabía el taimado inglés que con él y con Napoleón debían morir las dos grandes glorias de su siglo, y con toda su alma hubiese querido que no muriese más gloria que la suya. ¿Me parece que he hablado con juicio?
—Por la primera vez esta tarde —contestó Florencia.
—Cosa que no le sucedía con frecuencia al tal poeta; pues, si en vez de querer tanto a su mujer, hubiese tenido el juicio de quererla más cuando ella lo tuvo por loco, no hubiese pasado después la miserable vida que llevó en este mundo.
—No he entendido —dijo Florencia.
—Ni nadie —agregó Amalia.