Amalia
Amalia —Quise decir —dijo Daniel, hamacándose en el sillón en que estaba—, que si a mí me tuviese mi mujer por loco, por sólo la ocurrencia de echar un reloj al fuego en un rato de delirio poético, y se me escapase, como hizo la mujer de Byron, en vez de escribirle cartas como él hizo, haría…
—¿Qué? —preguntó Florencia con viveza.
—Haría lo que cualquier buen hijo de España, que son los que mejor entienden las materias de hecho; pero antes, a ver ¿qué harías tú, Eduardo?
—¿Yo?
—Sí, tú. ¿Si tu mujer se te escapase, y tú la quisieras?
—¿Qué había de hacer? Lo que hizo Byron, escribirle, querer traerla al buen sendero de que se había extraviado en un momento de ilusión.
—¡Bah! Eso no vale nada.
—¿Y qué harías tú?
—¿Yo? Montar en un coche, y si no había coche, a caballo, y si no había caballo, sobre mis propias botas; irme muy tranquilo a la casa donde estaba mi fugitiva, tomarla del brazo muy cariñosamente y decir a los que allí estuvieran: paso, señores, que ésta es mi mujer y me la llevo a mi casa.
—¿Y si no quería ir, caballero? —dijo Florencia.