Amalia
Amalia —¡Oh, Barracas es un punto delicioso! —prosiguió la vieja—, especialmente para la salud.
Y señalando a Eduardo, dijo a Amalia:
—¿El señor se estará restableciendo?
Amalia se puso encendida.
—Señora, yo estoy perfectamente bueno —le contestó Eduardo.
—¡Ah! Dispense usted. Como lo veía tan pálido…
—Es mi color natural.
—Además, como lo veía a usted sin divisa; y con esa corbata de una sola vuelta, en un día de tanto frío, creí que vivía usted en esta casa.
—Mire usted, señora —se apresuró a decir Daniel para evitar una respuesta que, por fuerza, o había de ser una mentira, o una declaración demasiado franca, que convenía evitar—, en esto de frío, es según uno se acostumbra; los escoceses viven en un país de hielo y andan desnudos hasta medio muslo.
—Cosas de gringos; pero como aquí estamos en Buenos Aires… —replicó doña María Josefa.
—Y en Buenos Aires, donde este invierno es tan riguroso —agregó madama Dupasquier.
—¿Ha hecho usted poner chimenea, misia María Josefa? —preguntó Florencia que, como todos, parecía empeñarse en distraerla de la idea que había tenido sobre Eduardo, y que todos parecían adivinar.