Amalia
Amalia —Demasiado tengo que hacer, hija, para ocuparme de esas cosas; cuando ya no haya unitarios que nos den tanto trabajo pensaremos un poco en nuestras comodidades.
—Pues yo no hago poner una chimenea en cada cuarto, porque Mansilla se resfría al salir del lado del fuego —dijo Agustina.
—Demasiado calor ha de tener hoy Mansilla —continuó doña María Josefa.
—¿Cómo? ¿Está enfermo el señor general? —preguntó Amalia.
—Él nunca está sano —contestó Agustina—, pero hoy no lo he sentido quejarse.
—No, no tiene calor de enfermedad —repuso la vieja—, tiene calor de entusiasmo. ¿No saben ustedes que hace tres días se está festejando la derrota de los inmundos unitarios en Entre Ríos? Pues no hay un solo federal que no lo sepa.
—Precisamente hablábamos de eso cuando ustedes entraron —dijo Daniel—; ha sido una terrible batalla.
—¡En que bien las han pagado!
—¡Oh! De eso yo le respondo a usted —dijo Daniel.
—Y yo también —agregó Eduardo—; y si no hubiera sido que la noche era tan oscura…
—¿Cómo, la noche? Si la batalla fue de día, señor Belgrano —observó doña María Josefa.