Amalia

Amalia

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—Eso es; fue de día, pero quiso decir mi amigo que si no hubiera sido la noche, no se escapa ninguno.

—¡Ah! Por supuesto. ¿Y ha asistido usted a alguna de las fiestas, señor Belgrano?

—Hemos paseado juntos las calles admirando la embanderación —contestó Daniel, que temblaba de que Eduardo hablase.

—¡Y qué lindas banderas hay! ¿De dónde sacarán tantas, señora? —dijo la picaruela de Florencia, dirigiéndose a doña María Josefa.

—Las compran, niña, o las hacen las buenas federales.

—Sí, pues yo soy muy buena federal, y me guardaré muy bien de emplear mis manos en eso. Cuando Mansilla me lo pidió el año pasado, se las mandé pedir prestadas al señor Mandeville, y desde entonces las tengo, y son las que uso; ni se las vuelvo más. ¿Y usted ha puesto, Amalia?

—No, Agustina; ¡esta casa está tan retirada!

—¡Bien hecho, hacen un ruido las malditas banderas! Y después de eso, los muchachos: Eduardita[93] casi se cayó hoy de la azotea por querer subir hasta una bandera.

—¡Oh, esta casa no está tan lejos! —dijo doña María Josefa.

—Pero como las del teatro, no hay ninguna; ¿ha ido usted al teatro, doña María Josefa?


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