Amalia

Amalia

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Y la hermosa mujer del general Mansilla se levantó ajustándose las cintas a su gorra de terciopelo negro, que hacía resaltar la blancura y la belleza de su rostro.

En vano quiso Amalia violentarse; no pudo conseguir despejar su ánimo de la prevención que la dominaba ya contra doña María Josefa Ezcurra: aún no había traslucido la maldad de sus acciones, pero le era bastante la grosería de la parte ostensible de ellas para hacérsele repugnante su presencia; y jamás despedida alguna fue hecha con más desabrimiento a esa mujer todopoderosa en aquel tiempo: Amalia la dio a tocar apenas la punta de sus dedos, y ni le dio gracias por su visita, ni le ofreció su casa.

Agustina no pudo ver nada de esto, entretenida en despedirse y mirarse furtivamente en el grande espejo de la chimenea, tomando en seguida el brazo de Daniel, que las condujo hasta el coche. Pero todavía desde la puerta de la sala, doña María Josefa volvió su cabeza y dijo, dirigiéndose a Eduardo:

—No me vaya a guardar rencor, ¿eh? Pero no se vaya a poner agua de Colonia en el muslo, porque le ha de hacer mal.

El coche de Agustina había partido ya, y aún duraba en el salón de Amalia el silencio que había sucedido a la salida de ella y de su compañera.


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