Amalia
Amalia —Es muy justo —dijo Amalia, cambiando con madama Dupasquier una mirada bien inteligente sobre la razón algo impertinente que acababa de dar Agustina.
—¿Qué tal, lo he hecho bien? —preguntó Florencia a doña María Josefa, levantándose del piano.
—¡Oh, muy bien! ¿Se le pasó a usted el dolor, señor Belgrano?
—Ya, sí, señora —respondió Amalia con prontitud y sin dar vuelta la cabeza para mirar a doña María Josefa.
—No me vaya usted a guardar rencor, ¿eh?
—Si no hay de qué, señora —dijo Eduardo, violentándose para dirigirle una palabra.
—Lo que prometo es no decir a nadie que tiene usted tan sensible el muslo izquierdo, a lo menos a las muchachas, porque, si lo saben, todas van a querer pellizcarle ahí para verlo desmayarse.
—¿Quiere usted sentarse, señora? —dijo Amalia, girando la cabeza hacia doña María Josefa, sin alzar los ojos y señalando una silla que había en el extremo del círculo que formaban en derredor de la chimenea.
—No, no —dijo Agustina—, ya nos vamos, tengo que hacer una visita y estar en mi casa antes de las nueve de la noche.