Amalia

Amalia

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Florencia tocaba y cantaba algo sin saber lo que hacía. Doña María Josefa miraba a Eduardo y a Amalia, y sonreía y meneaba la cabeza.

Daniel, de pie, dando la espalda a la chimenea, tenía en acción todas las facultades de su alma.

—No es nada; ya pasó, no es nada —dijo Eduardo al oído de Amalia, cuando pudo reanimarse un poco.

—¡Pero, está endemoniada esta mujer! Desde que ha entrado no ha hecho otra cosa que hacernos sufrir —le contestó Amalia, bañando con su mirada tan tierna y amorosa la fisonomía de Eduardo.

—Muy bueno está el fuego —dijo Daniel, alzando la voz, y mirando con algo de severidad a Amalia.

—Excelente —dijo madama Dupasquier—, pero…

—Pero, perdone usted, señora, los disfrutaremos solamente hasta las diez o las once —la interrumpió Daniel, alcanzando que madama Dupasquier iba a hablar de retirarse, dirigiéndole al mismo tiempo una mirada que la inteligente porteña comprendió con facilidad.

—Justamente, ésa es mi idea —repuso la señora—; es preciso que saboreemos bien el gusto de esta visita, ya que tan pocas veces nos damos este placer.

—Gracias, señora —dijo Amalia.

—Tiene usted razón —agregó Agustina—, y yo también me estaría hasta esas horas, si no tuviera que ir a otra parte.


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