Amalia

Amalia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Todos, a excepción de Agustina, comprendieron al momento que en la acción de doña María Josefa podía haber algo de premeditación siniestra, y todos quedaron vacilantes y perplejos.

—¿Le he hecho a usted mal? Dispense usted, caballero. Si yo hubiera sabido que tenía usted tan sensible el muslo izquierdo, le hubiera a usted pedido su brazo para levantarme. ¡Lo que es ser vieja! Si hubiera sido una muchacha, no le habría dolido a usted tanto su muslo izquierdo. Dispense usted, buen mozo —dijo, mirando a Eduardo con una satisfacción imposible de ser definida por la pluma de un hombre; y fue luego a sentarse junto al piano, donde ya estaba Florencia.

Por una reacción natural en su altiva organización, Amalia se despejó súbitamente de todo temor, de toda contemporización con la época y con las personas de Rosas que allí estaban; levantóse, empapó su pañuelo en agua de Colonia; se lo dio a Eduardo, que empezaba a volver en sí del vértigo que lo había trastornado un momento; y, separando bruscamente la silla en que había estado sentada doña María Josefa, tomó otra y ocupó el lugar de aquélla al lado de su amado, sin cuidarse de que daba la espalda a la cuñada y amiga del tirano.

Agustina nada había comprendido, y se entretenía en hablar con madama Dupasquier sobre cosas indiferentes y pueriles, como era su costumbre.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker