Amalia
Amalia —Pues bien, venga usted. Yo canto muy mal, pero por usted voy a cantar delante de gente mi canción favorita, que es El Natalicio del Restaurador. Venga usted junto al piano —y Florencia se puso de pie delante de doña María Josefa, para dar más expresión a su invitación.
—¡Pero, hija, si ya me cuesta tanto levantarme de donde me siento!
—¡Vaya, que no es así! Venga usted.
—¡Qué niña ésta! —dijo la vieja con una sonrisa satánica—. Vaya, vamos pues: dispense usted, señor Belgrano.
Y al decir estas palabras la vieja, fingiendo que buscaba un apoyo para levantarse, afirmó su mano huesosa y descarnada sobre el muslo izquierdo de Eduardo, haciendo sobre él tal fuerza con todo el peso de su cuerpo, que, transido de dolor hasta los huesos, porque la mano se había afirmado precisamente en lo más sensible de la profunda herida, Eduardo echó para atrás su cabeza, sin poder encerrar entre sus labios esta exclamación:
—¡Ay, señora! —quedando en la silla casi desmayado y pálido como un cadáver.
Daniel llevó su mano derecha a los ojos y se cubrió el rostro.