Amalia
Amalia —¡Por Dios, señoras! No, no. Aunque no fuera más que el honor, él me ordena permanecer al lado de Amalia.
—Yo no puedo asegurar —dijo Daniel— que ocurra alguna novedad esta noche, pero lo temo y, para ese caso, Amalia no estará sola, porque dentro de una hora yo volveré a estar a su lado.
—Pero Amalia puede venir con nosotros —dijo Florencia.
—No, ella debe quedarse aquí, y yo con ella —replicó Daniel—; si pasamos la noche sin ocurrencia alguna, mañana trabajaré yo, ya que hoy ha trabajado tanto la señora doña María Josefa. De todos modos, no perdamos tiempo; toma, Eduardo, tu capa y tu sombrero y ven con nosotros.
—No.
—¡Eduardo! Es la primera cosa que pido a usted en este mundo; entréguese a la dirección de Daniel por esta noche, y mañana…, mañana nos volveremos a ver, cualquiera que sea la suerte que nos depare Dios.
Los ojos de Amalia, al pronunciar estas palabras, húmedos por el fluido de su sensibilidad, tenían una expresión de ruego tan tierna, tan melancólica, que la energía de Eduardo se dobló ante ella, y sus labios apenas modularon dos palabras:
—Bien: iré.