Amalia

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Eduardo, entretanto, comunicaba a Alcorta en breves palabras los acontecimientos de tres horas antes, y Alcorta, reclinada su cabeza sobre su mano, apoyando su codo en la almohada, oía la horrible relación que le auguraba el principio de una época de sangre y de crímenes, que debía traer el duelo y el espanto a la infeliz Buenos Aires.

—¿Cree usted que ese Merlo ignore su nombre? —le preguntó a Eduardo.

—No sé si alguno de mis compañeros me nombró delante de él; no lo recuerdo. Pero si no es así, él no puede saberlo porque Oliden fue el único que se entendió con él.

—Eso me inquieta un poco —dijo Daniel, que acababa de oír la relación que hacía Eduardo—, pero todo lo aclararemos mañana.

—Es preciso mucha circunspección, amigos míos —dijo Alcorta—, y sobre todo, la menor confianza posible con los criados. A este acontecimiento pueden sobrevenir muchos otros.

—Nada sobrevendrá, señor. Sólo Dios ha podido conducirme al lugar en que Eduardo iba a perder la vida; y Dios no hace las cosas a medias. Él acabará su obra tan felizmente como la ha empezado.


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