Amalia
Amalia —¡Sí, creamos en Dios y en el porvenir! —dijo Alcorta paseando sus miradas de Eduardo Belgrano a Daniel Bello, dos de sus más queridos discípulos de filosofía, tres años antes, y en quienes veía en ese momento brotar los frutos de virtud y de abnegación, que en el espíritu de ellos habían sembrado sus lecciones.
—Es necesario que Belgrano descanse —continuó—. Antes del día sentirá la fiebre natural en estos casos. Mañana, al mediodía, volveré —dijo pasando su mano por la frente de Eduardo, como pudiera hacerlo un padre con un hijo, y tomando y oprimiendo su mano izquierda.
Después de esto, salió al patio acompañado de Daniel.
—¿Cree usted, señor, que no corre peligro la vida de Eduardo?
—Ninguno absolutamente; pero su curación podrá ser larga.
Y cambiando estas palabras llegaron a la sala, donde Alcorta había dejado su sombrero.
Amalia estaba en el mismo sillón en que la dejamos, apoyada su cabeza en su pequeña mano, cuyos dedos de rosa se perdían entre los rizos de su cabello castaño claro.
—Señor, esta señora es una prima hermana mía, Amalia Sáenz de Olabarrieta.