Amalia
Amalia —Pero, en fin, dejemos venir los acontecimientos y chispearé a sus golpes, porque si ellos son de acero, yo soy de pedernal —dijo y, como sacudiendo las impresiones nuevas que lo asaltaban, dio riendas a su brioso corcel en dirección a la quinta, y en medio de una de esas noches frías, nebulosas, en que las nubes parecen tener algo de fatídico que impresiona al espíritu.
Pero, al llegar al camino que viene de la Boca a Santa Lucía, vio doblar hacia la calle Larga seis hombres que la enfilaron a todo el galope de sus caballos.
Un presentimiento secreto pareció anunciarle que aquellos hombres tenían algo de relación con sus asuntos; y por una combinación de su pensamiento, vivo como la luz, tiró la rienda a su caballo y los dejó pasar en el momento de enfrentarse a ellos. Pero, apenas se había adelantado cincuenta pasos, cuando volvió a tomar el galope, llevándolos siempre a esa distancia.
Y era de ver y de admirar, en medio a la solitaria calle Larga, y bajo el manto oscuro de la noche, de improviso alumbrada de vez en cuando por algún súbito relámpago, aquel joven sin más garantía que sus pistolas, corriendo a disputar quizá una víctima al poderoso asesino que la Federación tenía a su frente y los federalistas sobre su espalda.