Amalia
Amalia —¡Ah! No me engañé —exclamó al ver a los seis jinetes sentar sus caballos a la puerta de Amalia, desmontarse y dar fuertes golpes en ella, con el llamador, y con el cabo de los rebenques.
Aún no habían tenido tiempo de repetir los golpes, cuando Daniel pasó por entre el grupo de caballos, y con voz entera y resuelta preguntó:
—¿Qué hay, señores?
—¿Qué hay? ¿Y quién es usted?
—Yo soy el que puede hacerles a ustedes esa pregunta. Ustedes vienen en comisión ¿no es cierto?
—Sí, señor, en comisión —dijo uno de ellos, acercándose a Daniel y mirándolo de pies a cabeza, en los momentos en que el joven bajó resueltamente de su caballo, y gritó con una voz imperiosa:
—Pedro, abra usted.
Los seis hombres tenían rodeado a Daniel, sin saber qué hacer, esperando cada uno que otro tomase la iniciativa.
La puerta abrióse en el acto, y separando a los dos que estaban contra ella, pasó Daniel resueltamente, diciéndoles:
—Adelante, señores.
Todos entraron bruscamente tras él.
Daniel abrió la puerta de la sala y entró en ella.