Amalia
Amalia —Ahora —dijo Daniel, mirando a los soldados de Cuitiño, que estaban ya en la más completa irresolución—, ¿qué hombre es el que buscan en esta casa, que es como si fuera la mía, y en la que nunca se han escondido salvajes unitarios?
El ordenanza de Cuitiño iba a responder, cuando todos volvieron la cabeza al oír el gran ruido que hicieron cuatro o seis caballos que entraron de improviso al zaguán enlosado, produciendo un ruido infernal con las herraduras sobre las losas, y con los sables y espuelas de los jinetes, que se desmontaron, y entraron en tropel en la sala.
Maquinalmente, Amalia vino a ponerse al lado de Daniel, y la pequeña Luisa se agarró del brazo de su señora.
—Vivo o muerto —gritó al entrar a la sala el que venía delante de todos.
—Ni vivo ni muerto, comandante Cuitiño —dijo Daniel.
—¿Se ha escapado?