Amalia
Amalia —No, los que se escapan, señor comandante —contestó Daniel—, son los unitarios, que no pudiendo mostrársenos de frente, están trabajando para enredarnos e indisponernos a nosotros mismos. Con sus logias y con sus manejos, que están aprendiendo de los «gringos», ya la casa de un federal no está segura; y al paso que vamos, mañana han de avisar al Restaurador que en la casa del comandante Cuitiño, la mejor espada de la Federación, se esconde también algún salvaje unitario. Ésta es mi casa, comandante, y esta señora es mi prima. Yo vivo aquí la mayor parte del tiempo, y no necesito jurar para que se me crea que donde estoy yo, no puede haber unitarios escondidos. Pedro, lleve usted a todos esos señores, que registren la casa por donde quieran.
—Ninguno se mueva de ahí —gritó Cuitiño a los soldados que se disponían a seguir a Pedro—; la casa de un federal no se registra —y continuó— usted es tan buen federal como yo, señor don Daniel. Pero dígame, ¿cómo es que doña María Josefa me ha engañado?
—¿Doña María Josefa? —dijo Daniel, fingiendo que no comprendía ni una palabra.
—Sí, doña María Josefa.
—Pero ¿qué le ha dicho a usted, comandante?