Amalia
Amalia Amalia permanecía parada aún junto a la mesa, cuando Daniel, después de haberse retirado Cuitiño, entró a la sala riéndose como un muchacho, dirigiéndose a su prima, a quien abrazó con el cariño de un hermano.
—Perdóname, mi Amalia —le dijo—, son herejías políticas y morales que tengo que cometer a cada paso en esta época de comedia universal, en que yo hago uno de sus más extraordinarios papeles. ¡Pobre gente! Ellos tienen toda la fuerza del bruto, pero yo tengo la inteligencia del hombre. Ahora ya están extraviados, mi Amalia; y, sobre todo, ya están en anarquía; Cuitiño ya no le hará caso a doña María Josefa sobre este asunto, y la vieja se va a enojar con Cuitiño.
—¿Pero dónde está Eduardo?
—Perfectamente seguro.
—¿Pero van a ir a su casa?
—Por supuesto que irán.
—¿Tiene papeles?
—Ninguno.
—Pero tú y yo ¿cómo quedamos?
—Mal.
—¿Mal?
—Mal, malísimamente estamos ya desde esta tarde. Pero, ¿qué hemos de hacer, sino esperar los sucesos y buscar en ellos mismos los medios de salvarnos de cualquier peligro?
