Amalia
Amalia —¿Y tienes valor de decírmelo?
—Sí.
—¿Pero contento de qué? ¿De que todos estemos sobre un volcán?
—No: estoy contento… óyeme bien lo que voy a decirte.
—Te oigo.
—Bien; pero antes, Luisa, di al criado de Eduardo que ya que no está su amo, yo tomaré por él una taza de té.
—Te lo repito, estás insufrible —dijo Amalia, después de haber salido Luisa.
—Ya lo sé; pero te decía que estaba contento, y quedé en explicarte el porqué, ¿no es así?
—No sé —dijo Amalia con gesto de mal humor.
—Pues bien: estoy contento, primero, porque Eduardo está escondido en una buena casa; y segundo, porque Lavalle está a la vista y paciencia de todo el mundo en la buena villa de San Pedro.
—¡Ya! —exclamó Amalia, radiantes sus ojos de alegría, y tomando entre las suyas la mano de su primo.
—Sí, ya. Ya ha pisado la provincia de Buenos Aires el ejército libertador. Está a treinta leguas solamente del tirano, y me parece que éste es un asunto bien importante para no llamar la atención de nuestro Restaurador.