Amalia
Amalia —¡Ah, pero vamos a estar libres entonces! —exclamó Amalia, sacudiendo la mano de su primo.
—¡Quién sabe, hija mía, quién sabe! Eso dependerá del modo como se opere.
—¡Oh, Dios mío! ¡Pensar que dentro de pocos días ya no hay peligros para Eduardo! ¿Es verdad, Daniel, que dentro de tres días puede estar Lavalle en Buenos Aires?
—No, no tan pronto. Pero puede estarlo dentro de ocho, dentro de seis. Pero puede también no estarlo nunca, Amalia mía.
—¡Oh, no, por Dios!
—Sí, Amalia, sí. Si se aprovecha la impresión de este momento, y la ciudad es invadida por cualquier punto de ella, Rosas no sale a la campaña a ponerse al frente de las pocas fuerzas que lo sostienen. No: si la ciudad es atacada, Rosas se embarca y huye. Pero, si el general Lavalle se demora en operaciones en la campaña, entonces la suerte puede serle adversa. ¿Quieres oír unos fragmentos de la orden del ejército?
—Sí, sí —exclamó Amalia llena de entusiasmo.
Daniel sacó un papel de su cartera y leyó:
Cuartel general de San Pedro.