Amalia
Amalia —¡Dios mío! ¿En la casa de un empleado de Rosas has puesto a Eduardo?
—No, señora: en la casa de un empleado mío.
—¿Tuyo?
—Sí, pero, silencio… un caballo ha parado a la puerta… ¡Pedro! —gritó Daniel, saliendo al zaguán.
—¿Señor? —contestó el fiel veterano de la independencia.
—Hay gente en la puerta.
—¿Abro, señor?
—Sí, llaman ya: abra usted —y Daniel volvió a sentarse al lado de su prima.
Amalia empalideció.
Daniel, tranquilo, fiado en sí mismo como siempre, esperó la nueva ocurrencia que parecía venir a complicar la situación de sus amigos y la suya propia; porque a esas horas, cerca ya de las doce de la noche, nadie podía venir a aquella casa, sino haciendo relación a los sucesos que lo preocupaban.
El fiel Pedro entró a la sala con una carta en la mano.
—Un soldado trae esta carta para la señora —dijo.
—¿Viene solo? —preguntó Daniel.
—Solo.
—¿Ha mirado usted al fondo del camino?