Amalia
Amalia —¡Pero es de sobra para decir que ese hombre es un insolente! —exclamó Amalia.
—Así será. Pero como toda carta requiere una respuesta, será bueno saber qué se contesta a este hombre.
—¿Qué se contesta? A ver, dame esa carta.
—No.
—Oh, dámela.
—Y bien ¿para qué?
—Para contestarle con los pedazos de ella.
—¡Bah!
—¡Oh, Dios mío, insultada también! ¡Pedirme cartas y visitas en secreto! —exclamó Amalia, cubriéndose los ojos con sus lindas manos.
Daniel se levantó, pasó al gabinete contiguo a la sala, y algunos minutos después volvió al lado de Amalia y le dijo:
—Esto es lo que tenemos que hacer, oye:
Señor: