Amalia

Amalia

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Autorizado por mi prima, la señora doña Amalia Sáenz de Olabarrieta, para responder a su carta, me complazco en decir a usted que todos sus temores relativos a la seguridad de mi prima deben dejar de alarmarlo en adelante, porque ella está ajena a todo cuanto se le atribuye; y perfectamente tranquila en la justicia de Su Excelencia el señor gobernador, a quien yo tendré el honor de hacer presente mañana todo cuanto ha ocurrido esta noche, sin ocultarle cosa alguna, en el caso de que se lleve adelante esta desagradable ocurrencia.

Con este motivo saluda a usted respetuosamente, etc.

—Pero esa carta…

—Esta carta lo dejará sin dormir el resto de esta noche, temblando de que vaya mañana a parar a manos de Rosas; y, para evitarlo, trabajará mañana porque no se toque más este negocio. Y es de este modo que hago que nuestros propios enemigos se conviertan en nuestros mejores servidores.

—¡Oh, bien, sí! Manda esa carta.

Daniel cerró el billete, y lo hizo llegar al soldado que esperaba a la puerta.

Media hora después, Daniel se recostaba sin desvestirse en el aposento de Eduardo; y Amalia oraba de rodillas delante de su crucifijo de oro incrustado en ébano y rogaba al Dios de las bondades eternas por la seguridad de los que amaba y por la libertad de su patria.


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