Amalia

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Ordenaba que Maza marchase con su batallón a reforzar a Pacheco, y diez minutos después ordenaba que Maza se dispusiese a marchar con toda la artillería a Santos Lugares.

Nombraba jefes de día para el comando interior de las fuerzas de la ciudad, y cada nombramiento era borrado y sustituido veinte veces en el trascurso de un día; todo era así.

Su pobre hija, que había pasado en vela toda la noche, se asomaba de cuando en cuando al gabinete de su padre, a ver si adivinaba en su fisonomía algún suceso feliz que lo despejase del mal humor que lo dominaba después de tantas horas.

Viguá había asomado dos veces su deforme cabeza por la puerta del gabinete que daba al cuarto contiguo al angosto pasadizo que cortaba el muro, a la derecha del zaguán de la casa; y el bufón de Su Excelencia había conocido en la cara de los escribientes que ese no era día de farsas con el amo; y se contentaba con estar sentado en el suelo del pasadizo comiéndose los granos de maíz que saltaban hasta él del gran mortero en que la mulata cocinera del dictador machacaba el que había de servir para la mazamorra; que era de vez en cuando uno de los manjares exquisitos con que regalaba el voraz apetito de su amo.

Rosas escribía una carta, y los escribientes muchas otras, cuando entró Corvalán, y dijo:


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