Amalia
Amalia —¿Su Excelencia quiere recibir al señor Mandeville?
—Sí, que entre.
Un minuto después, el ministro de Su Majestad Británica entró haciendo profundas reverencias al dictador de Buenos Aires que, sin cuidarse de responder a ellas, se levantó y le dijo:
—Venga por acá —pasando del gabinete a su alcoba.
Sentóse Rosas en su cama, y Mandeville en una silla a su izquierda.
—¿La salud de Vuestra Excelencia está bien? —le preguntó el ministro.
—No estoy para salud, señor Mandeville.
—Sin embargo, es lo más importante —contestó el diplomático, pasando la mano por la felpa de su sombrero.
—No, señor Mandeville, lo más importante es que los gobiernos y sus ministros cumplan lo que prometen.
—Sin duda.
—¿Sin duda? Pues el gobierno de usted y usted y su gobierno no han hecho sino mentir y comprometer mi causa.
—¡Oh, Excelentísimo señor, eso es muy fuerte!
—Eso es lo que usted merece, señor Mandeville.
—¿Yo?