Amalia

Amalia

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—¡Bravo! Así me gustan los hombres —dijo Daniel apretando la mano del soldado—. Cien como usted, y yo respondería de todo. Hasta mañana, pues. Cierre usted la verja y el portón cuando hayamos salido; ¡hasta mañana!

—¡Hasta mañana, señor!

Alcorta estaba ya de pie despidiéndose de Amalia, cuando volvió Daniel.

—¿Nos vamos ya, señor?

—Me voy yo; pero usted, Daniel, debe quedarse.

—Perdón, señor, tengo necesidad de ir a la ciudad y aprovecho esta circunstancia para que vayamos juntos.

—¡Bien, vamos, pues! —dijo Alcorta.

—Un momento, señor. Amalia: todo queda dispuesto; Fermín vendrá a mediodía a saber de Eduardo y yo estaré aquí a las siete de la noche. Ahora recógete. Muy temprano haz lo que te he prevenido, y nada temas.

—¡Oh! ¡Yo no temo sino por ti y por tu amigo! —le contestó Amalia, llena de animación.

—Lo creo, pero nada sucederá.

—¡Oh! ¡El señor Daniel Bello tiene grande influencia! —dijo Alcorta con una graciosa ironía, fijos sus ojos dulces y expresivos en la fisonomía de su discípulo, chispeante de imaginación y de talento.


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