Amalia
Amalia —¡Protegido de los señores Anchorena, consejero de Su Excelencia el señor ministro Don Felipe y miembro corresponsal de la Sociedad Popular Restauradora! —dijo Daniel con tan afectada gravedad que no pudieron menos de soltar la risa Amalia y el doctor Alcorta.
—RÃanse ustedes —continuó Daniel—, pero yo no, pues sé prácticamente lo que esas condecoraciones sirven en mà para…
—Vamos, Daniel.
—Vamos, señor. Amalia, ¡hasta mañana!
E imprimió un beso en la mano que le extendió su prima.
—Buenas noches, doctor —dijo Amalia acompañándolos hasta el zaguán, de donde atravesaron el patio, y salieron por la puerta de hierro que daba a la quinta, doblando luego a la izquierda, y llegando al corredor del portón donde FermÃn los esperaba con los caballos. Al pasar Daniel por la ventana del aposento de Eduardo que daba a la quinta, como se sabe, paróse y vio al viejo veterano de la Independencia sentado a la cabecera del herido.