Amalia
Amalia Amalia, entretanto, no pudo volver a la sala sin echar desde el zaguán una mirada hacia el aposento en que reposaba su huésped. En seguida, volvióse paso a paso a sus habitaciones a esconder, entre la batista de su lecho, aquel cuerpo cuyas formas hubieran podido servir de modelo al Ticiano, y cuyo cutis, luciente como el raso, tenía el colorido de las rosas y parecía tener la suavidad de los jazmines.
Entretanto, maestro, discípulo y criado habían enfilado, a gran galope, la oscura y desierta calle Larga, y subiendo a la ciudad por aquella barranca de Balcarce que, doce años antes, había visto descender los escuadrones del general Lavalle para ir a sellar con sangre el origen de los males futuros de la patria[25], tiraron las riendas de sus caballos a la puerta de la casa del señor Alcorta, tras de San Juan, en la calle del Restaurador[26].
Allí, maestro y discípulo se despidieron, cambiando algunas palabras al oído: y Daniel, seguido de Fermín, tomó por el Mercado, salió a la calle de la Victoria[27], dobló a la izquierda, y, a poco andar, Fermín bajó de su caballo y abrió la puerta de una casa donde entró Daniel sin desmontarse. Era su casa.