Amalia
Amalia En esa misma mañana en que su señorÃa el señor ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica machacaba el maÃz para la mazamorra de Rosas, nuestro antiguo amigo don Cándido RodrÃguez se paseaba en el largo zaguán de su casa, cerca de la Plaza Nueva, metido entre su sobretodo color pasa, que lo habÃa acompañado en sus sustos del año de 1820; con un gorro blanco metido hasta las orejas, dos grandes hojas de naranjo pegadas con sebo en las sienes, unos viejos zapatos de paño que le servÃan de pantuflas, y las manos en los bolsillos del sobretodo.
Lo irregular de su paso, las ojeras que bordaban sus párpados y las gesticulaciones repentinas en su fisonomÃa daban a entender que habÃa pasado mala noche y que se hallaba en momentos de un diálogo elocuente consigo mismo.
Dos golpes dados a la puerta lo pararon súbitamente en sus paseos.
Se acercó a ella, miró por la bocallave antes de preguntar quién estaba, y no viendo sino el pecho de una persona, se atrevió a interrogar con una voz notablemente trémula:
—¿Quién es?
—Soy yo, mi querido maestro.
—¡Daniel!