Amalia
Amalia —¡Que no la amo! ¡Oh! Sí, sí; no la amo como ella se merece ser amada, porque para Amalia se necesita un Dios, y yo soy un hombre; ella se merece el amor del cielo y de la tierra, y yo no puedo darle sino el amor de mi alma. ¡Ah! Daniel: desde anoche me parece que falta luz, porque sus ojos no la derraman sobre los míos; me parece que me falta el aire de mi existencia, porque no lo aspiro en sus alientos. ¡Que no la amo! ¡Oh, Dios mío, Dios Mío! —exclamó Eduardo, ocultando su frente entre sus manos.
Un momento de silencio se estableció entre los jóvenes. Daniel respetaba en ese momento esa noble pasión del amor, obra de Dios para las almas generosas y grandes, que él sentía también aunque sin la exaltación de su amigo; porque ni el amor por su Florencia tenía obstáculos que lo irritasen, ni su espíritu estaba ajeno a otras nobles y grandes impresiones que lo distraían; ni él tenía tampoco la organización reconcentrada de Eduardo, en la cual, por esa desgraciada condición, las pasiones, la felicidad y la desgracia, obraban sus efectos con más poder.
—Pero no; esto es ser demasiado débil. ¿Qué es lo que decías que debo hacer, Daniel? —dijo Eduardo, sacudiendo su cabeza, echando atrás las hebras de sus cabellos de ébano, que caían sobre sus sienes pálidas, y mirando tranquilamente a su amigo.
—No ver a Amalia por algunos días.