Amalia
Amalia —Eso es hablar con juicio, Eduardo. Hoy no hay otro medio de salvar a Amalia que poniéndote lejos de la mano de Rosas, porque, aun cuando yo pudiera salvarla de los insultos de la Mazorca, o de una medida torpe del tirano, yo no tendría poder para libertarla de los rigores de su propia organización, si te acaeciera una desgracia. Amalia está apasionada. Su naturaleza sensible y su imaginación exaltada la llevarían al último extremo de la vida, o del infortunio, si llegase hasta su corazón una sola gota de tu sangre.
—¿Y qué hago, Daniel, qué hago?
—Desistir de la idea de verla por algunos días.
—Imposible.
—La pierdes entonces.
—¿Yo?
—Tú.
—¡Oh, no puedo, no!
—No la amas, entonces.