Amalia
Amalia —Pero, no, amigo mÃo, no estará perdido; y porque no lo estará, estaremos todos los dÃas esperando que al siguiente entre Lavalle.
—Lo esperarán otros, pero yo no, Eduardo. El personal del ejército libertador es infinitamente inferior en número al de Rosas. Y los recursos de éste son en relación de mil a uno, comparados con los de nuestro bravo general. En favor de éste, pues, no hay más que la impresión moral que ha causado su inesperada presencia en la provincia, y los antecedentes casi romancescos de su valor personal, y del entusiasmo de sus jóvenes soldados. Pero, si el momento de esa impresión se pierde, todas las probabilidades estarán entonces en contra de la cruzada.
—Pero bien, supongamos el caso de una prolongación de tiempo en la guerra; ¿cómo vivir entonces separado de Amalia tanto tiempo, Daniel?
—Si llegara ese caso, la verÃas, pero no en Barracas.
—¿Puedo entrar un momento, mis queridos y estimados discÃpulos? —dijo don Cándido, asomando la borlita de su gorro blanco por la puerta del gabinete, que entreabrió.
—Adelante, mi querido y estimado maestro —dijo Daniel.
—Hay una novedad, Daniel, una ocurrencia, una cosa…