Amalia

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—¿Usted me hará el favor de decírmela de una vez, señor don Cándido?

—Es el caso que yo me paseaba en el zaguán, porque cuando tengo un poco de dolor de cabeza como al presente, me hace bien pasearme, como también ponerme unos parches de hojas de naranjo. Porque habéis de saber, hijos míos, que las hojas de naranjo con sebo tienen sobre mi organización la virtud específica…

—De mejorar a usted y enfermar a los otros. ¿Qué es lo que hay? —preguntó el impaciente Daniel.

—A eso camino.

—¡Pero llegue usted de una vez, por todos los santos!

—Ya llego, genio de pólvora, ya llego. Me paseaba en el zaguán, decía, cuando sentí que alguien se paró en la puerta. Me acerqué indeciso, vacilante, dudoso. Pregunté quién era. Me convencí de la identidad de la persona que me respondió, y entonces abrí: ¿quién te parece que era, Daniel?

—No sé, pero me alegraría de que hubiese sido el diablo, señor don Cándido —dijo Daniel, dominando su impaciencia como era su costumbre.

—No, no era el diablo, porque ése parece que no se desprende de mi levita hace tiempo. Era Fermín, tu leal, tu fiel, tu…

—¿Fermín está ahí?


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