Amalia
Amalia —Pero es que nosotros tres estamos hoy formando un solo cuerpo indivisible.
—No importa, lo dividiremos momentáneamente. Háganos usted el favor de dejarnos solos.
—Quedad —dijo don Cándido, extendiendo su mano en el aire en dirección a los dos jóvenes y saliendo pausadamente del gabinete.
—El negocio se vuelve más serio, Eduardo.
—¿Qué hay?
—Algo de Amalia.
—¡Oh!
—Sí, de Amalia. Acaba de recibir aviso de que dentro de una hora la policía le hará una visita domiciliaria, y me lo manda decir con Fermín, a quien yo había mandado a Barracas antes de venir a verte.
—¿Y qué hacemos, Daniel? ¡Pero, oh, cómo pregunto qué hacemos!… Daniel, me voy a Barracas.
—Eduardo, no es tiempo de hacer locuras. Yo amo mucho a mi prima para permitir a nadie que arroje sobre ella la desgracia —dijo Daniel, con un tono y una mirada tan serios, que hicieron una fuerte impresión en el ánimo de Eduardo.
—Pero yo soy la causa de los insultos a que esa señora se ve expuesta, y soy yo, caballero, quien deba protegerla —contestó Eduardo, con sequedad.