Amalia
Amalia —Dile lo que quieras, Daniel —dijo Eduardo, dándose vuelta, porque sin duda en sus ojos había algo que quería ocultar a la mirada de su amigo. Jamás un hombre apasionado como Eduardo, con su valor y su generosidad, puede haberse encontrado en situación más difícil; veía en peligro a la bien amada de su alma, en peligro por él, y no podía defenderla sin agravar su desgracia.
Cuando volvió a su primer paseo por la habitación, ya no halló a Daniel en el gabinete.
Eran las once de la mañana, y don Cándido empezó a vestirse para ir a la secretaría privada del señor don Felipe.