Amalia

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«Bien puede ser que aquí no haya nadie oculto, como me lo asegura Mariño; pero, a lo menos, no será porque en esta casa no haya unitarios» —se decía a sí mismo.

Pasó luego al tocador de Amalia, y sus ojos quedaron deslumbrados con la magnificencia que se le presentaba.

—A ver, niña, abre esos roperos —dijo a Luisa.

—¿Y qué va usted a ver en los roperos de la señora? —preguntó la pequeña Luisa, alzando su linda cabeza y mirando cara a cara a Victorica.

—¡Hola! Abre esos roperos te he dicho.

—¡Pues es curiosidad! Vaya, ya están abiertos —dijo Luisa, abriendo las puertas de los guardarropas con una prontitud y una acción de enojo que hubiera hecho sonreír a otro cualquiera que no fuese el adusto personaje que la miraba.

—Bien, ciérralos.

—¿Quiere usted ver si hay alguien escondido en los bebederos de los pájaros? —dijo Luisa, señalando las jaulas doradas de los jilgueros.

—Niña, eres muy atrevida, pero tu edad me hace perdonarte. A ver, abre esta puerta.

—¿Ésta?

—Sí.

—Esta puerta da a mi aposento.


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