Amalia

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—Dentro de un momento se lo diré a usted —respondió Victorica con una fisonomía muy seria, pues que él y sus compañeros estaban de pie, sin haber recibido de Amalia la mínima indicación de sentarse.

Ella tiró del cordón de la campanilla, y dijo a Luisa, que apareció al momento:

—Acompaña a este señor, y ábrele todas las puertas que te indique.

Victorica hizo un saludo a Amalia, y siguió a Luisa por las piezas interiores.

Acompañado del comisario pasó al gabinete de lectura y luego al suntuoso aposento de la joven. El jefe de policía no era hombre de tan delicado gusto que pudiese fijarse en todos los primores que encerraba aquel adoratorio secreto donde había penetrado más de una vez la mirada enamorada de Eduardo, a través de las tenues neblinas de batista y tul que cubrían los cristales. Pero, al mismo tiempo, Victorica tenía muy buenos ojos dejar de ver que cuanto allí había estaba descubriendo el poco amor de los dueños de aquella casa a la santa causa de la Federación.

Tapices, colgaduras, porcelanas, todo se presentaba a los ojos del jefe de policía con los colores blanco y celeste, blanco y azul, celeste o azul solamente. Y las pobladas cejas del intransigible federal empezaban a juntarse y endurecerse.


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