Amalia
Amalia Victorica, ese hombre aborrecido y temido de todos los que en Buenos Aires no participaban de la degradación de la época, era, sin embargo, menos malo de lo que generalmente se creía. Y sin faltar jamás a la severidad que le prescribían las órdenes del dictador, se portaba, toda vez que podía hacerlo sin comprometerse, con cierta civilidad, con una especie de semitolerancia, que hubiera sido un delito a los ojos de Rosas, pero que era empleada por el jefe de policía, especialmente cuando tenía que ejercer sus funciones sobre personas a quienes creía comprometidas por alguna delación interesada, o por el excesivo rigorismo del gobierno[*2].
Con el sombrero en la mano, y después de hacer una profunda reverencia, dijo a Amalia:
—Señora, soy el jefe de policía: tengo el penoso deber de hacer un escrupuloso registro en esta casa: es una orden expresa del señor gobernador.
—¿Y estos otros señores vienen también a registrar mi casa? —preguntó Amalia, señalando hacia Mariño y al comisario de policía.
—El señor, no —contestó Victorica, indicando a Mariño—; este otro señor es un comisario de policía.
—¿Y puedo saber a quién o qué se viene a buscar a mi casa, por orden del señor gobernador?