Amalia
Amalia Pasó inmediatamente al cuarto que ocupaba Eduardo. Tomó de sobre una mesa algunas traducciones del inglés, en que solía entretenerse el joven, y convencida de que no había un solo objeto que pudiese revelar en ese aposento lo que probablemente venía a buscar la policía, volvió a la sala, echó los papeles a la chimenea, y se paseaba con esa inquietud natural en los que esperan de un momento a otro ser actores en una escena desagradable, cuando sintió parar varios caballos a la puerta de la quinta. Y esto sucedió cinco o seis minutos después de la partida de Fermín; mucho antes, pues, de lo que Amalia creía.
Mujer, sola, rodeada de peligros que se extendían desde ella hasta el ser amado de su corazón, la naturaleza se expresó en ella con sinceridad: pálida y débil, se echó en un sillón, haciendo esfuerzos, sin embargo, para sobreponerse a sí misma.
Don Bernardo Victorica, un comisario de policía y Nicolás Mariño se presentaron en la sala, introducidos por Pedro.