Amalia
Amalia Los tres hombres que quedaban salieron dos minutos después, y luego de haber cerrado la puerta, tomaron la misma dirección que aquéllos, por la acera prefijada.
Después de caminar en silencio algunas cuadras, el compañero del joven que conocemos por la distinción de una espada a la cintura, dijo a éste, mientras aquel otro, a quien habían llamado Merlo, marchaba adelante embozado en su poncho:
—¡Es triste cosa, amigo mío! Ésta es la última vez quizá que caminamos por las calles de nuestro país. Emigramos de él para incorporarnos a un ejército que habrá de batirse mucho, y Dios sabe qué será de nosotros en la guerra.
—Demasiado conozco esa verdad, pero es necesario dar el paso que damos… Sin embargo —continuó el joven, después de algunos segundos de silencio—, hay alguien en este mundo de Dios que cree lo contrario que nosotros.
—¿Cómo lo contrario?
—Es decir, que piensa que nuestro deber de argentinos es el de permanecer en Buenos Aires.
—¿A pesar de Rosas?
—A pesar de Rosas.
—¿Y no ir al ejército?
—Eso es.
—¡Bah, ése es un cobarde o un mazorquero![1]
