Amalia

Amalia

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—Ni lo uno ni lo otro. Al contrario, su valor raya en temeridad y su corazón es el más puro y noble de nuestra generación[2].

—Pero ¿qué quiere que hagamos entonces?

—Quiere —contestó el joven de la espada— que todos permanezcamos en Buenos Aires, porque el enemigo a quien hay que combatir está en Buenos Aires, y no en los ejércitos, y hace una hermosísima cuenta para probar que menos número de hombres moriremos en las calles el día de una revolución, que en los campos de batalla en cuatro o seis meses, sin la menor probabilidad de triunfo… Pero dejemos esto, porque en Buenos Aires el aire oye, la luz ve, y las piedras o el polvo repiten luego nuestras palabras a los verdugos de nuestra libertad.

El joven levantó al cielo unos grandes y rasgados ojos negros, cuya expresión melancólica se avenía perfectamente con la palidez de su semblante, iluminado con la hermosa luz de los veintiséis años de la vida.

A medida que la conversación se había animado sobre aquel tema y se aproximaban a las barrancas del río, Merlo acortaba el paso, o parábase un momento para embozarse en el poncho que lo cubría.

Llegados a la calle de Balcarce:

—Aquí debemos esperar a los demás —dijo Merlo.


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