Amalia

Amalia

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Amalia no estaba rosada, estaba punzó en aquel momento. Y Mariño, por el contrario, estaba pálido y descompuesto en presencia de aquella mujer cuya belleza fascinaba y cuyas maneras imperiosas y aristocráticas, podemos decir, imponían.

—Mi intención —dijo Mariño, sentándose a algunos pasos de Amalia—, mi intención ha sido prestar a usted un servicio, señora, un gran servicio en estas circunstancias.

—¡Mil gracias! —contestó Amalia con sequedad.

—¿Ha recibido usted mi carta esta mañana?

—He recibido un papel firmado por Nicolás Mariño, que supongo será usted.

—Bien —contestó el comandante de serenos, dominando la impresión que le causó la desdeñosa respuesta de la joven—. En esa carta, en ese papel, como usted lo llama, me apresuré a participar a usted lo que iba a ocurrir.

—¿Y puedo saber con qué objeto se tomó usted esa incomodidad, señor?

—Con el objeto de que tomase usted las medidas que su seguridad le aconsejase.

—Es usted demasiado bueno para conmigo; pero demasiado malo para con sus amigos políticos, pues que les hace usted traición.

—¡Traición!


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