Amalia
Amalia Así, meditando, aceptando y desechando ideas, llegó, al fin, a la barranca del general Brown, y enfilando la calle de la Reconquista llegó a la casa de su Florencia, a respirar un poco de esencia de amor y de ventura en los alientos de aquella flor purísima del cielo, caída sobre la tierra argentina para ser velada por el amor, en la noche frígida de las desgracias de ese pueblo infeliz.
Pero ese día era fatal.
Al entrar a la sala, halló a la señora Dupasquier desmayada en un sillón, y a Florencia sentada en un brazo de él, suspendiendo con su brazo izquierdo la cabeza de su madre, y humedeciendo sus sienes con agua de Colonia.
—¡Daniel, ven! —exclamó la joven.
—¿Pero, qué hay, Dios mío? —preguntó Daniel, acercándose a aquella pintura del dolor y del amor filial.
—Despacio, no hables fuerte. Es un desmayo.
Daniel se arrodilló delante del sillón y tomó la mano pálida y fría de madama Dupasquier.
—No es nada, volverá en sí —dijo, después de haber observado el pulso de la señora.
—Sí, empieza a transpirar. Entra a la alcoba, alcanza una capa o un pañuelo, cualquier cosa, Daniel.