Amalia

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Además, Daniel era supersticioso como su prima, o mejor dicho, más supersticioso que ella, por cuanto era más exaltada su imaginación y más profundas sus convicciones sobre el fatalismo de las cosas. Y una inquietud vaga se había apoderado de su espíritu desde el momento en que vio que no había llegado a tiempo para encontrarse en la visita domiciliaria de Victorica, de quien él se proponía sacar un inmenso partido en favor de Amalia.

Sin embargo, él se había manifestado contento a su prima, inspirándole toda cuanta confianza sobre la suerte de Eduardo podía dar tranquilidad a su corazón. Había también convenido con ella en que, si los sucesos se prolongaban más de ocho días, se le buscaría alguna pequeña y solitaria casa sobre la costa de San Isidro, o cualquier otro punto distante, donde poder vivir retirada, sin desalojar su casa de Barracas; facilitándose de este modo la felicidad de ver a Eduardo, y la de poder embarcarse en un momento dado. Y, por último, había concluido por hacerla reír, como era su costumbre cuando él sufría ocultándoselo a los demás.





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