Amalia
Amalia —De ahà resulta que Beláustegui le ha dicho a Arana que Mariño le ha dicho a él que Victorica le ha dicho en la policÃa que ha dicho al comisario de tu sección, que desde esta noche vigile tu casa, y te haga seguir, porque hay sospechas terribles sobre ti.
—¡Hola! Muy bien, y ¿qué más?
—¡Qué más! ¿Te parece poco el enorme, el monstruoso peligro que está pesando sobre tu frente, y naturalmente sobre la mÃa, desde que todos saben nuestras estrechas, Ãntimas y filiales relaciones? ¿Quieres?…
—Quiero que me espere usted aquà un momento, con eso seguimos esta conversación en el coche que para en este momento en la puerta, en el tránsito hasta mi casa.
—¿Yo a tu casa, insensato?
—Espere usted, mi querido amigo —dijo Daniel, dejándolo en el zaguán.
—FermÃn, monta en mi caballo y vete a casa —dijo a su criado que lo esperaba en el patio.
—¿Qué hay? —preguntaron madre e hija al entrar Daniel a la sala.
—Nada. Noticias de Eduardo. Está impaciente. Está loco por salirse de su escondite y volar a Barracas. Pero yo parto a casa a escribirle y ponerlo en juicio.
—SÃ, no vaya usted en persona —dijo madama Dupasquier.