Amalia

Amalia

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—Daniel, prométamelo usted —dijo Florencia, poniéndose de pie.

—Lo prometo —dijo Daniel, sonriendo y oprimiendo las manos de su Florencia.

—¿Se va usted ya?

—Sí, y me voy en el coche que está pronto para ir a buscar a Amalia, porque acabo de mandar mi caballo.

—¿Y vuelve usted?

—A las tres.

—Bien, a las tres —dijo Florencia, apretando fuertemente entre sus manos de azucena la mano que debía recibir más tarde ante el pie del altar.

Daniel besó la de madama Dupasquier y salió de la sala aparentando un contentamiento que desgraciadamente empezaba a alejarse de su corazón.

—¿Sabes, Daniel, una cosa? —dijo don Cándido, que se paseaba en el zaguán esperándolo.

—Después, después. Vamos al coche.

Daniel salió tan precipitadamente de la casa, que al bajar de la puerta dio un fuerte hombrazo sobre un hombre grueso, que a paso mesurado y con la cabeza muy erguida y el sombrero echado a la nuca pasaba casualmente en aquel momento.

—Dispense usted, caballero —dijo Daniel sin mirarle a la cara, acercándose a la portezuela del coche, abriéndola él mismo y diciendo al cochero:


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