Amalia

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—A mi casa.

—¡Hombre, esta voz!… —dijo el personaje del sombrero a la nuca, parándose y mirando a Daniel, que subía al estribo.

—Caballero, ¿me hace usted el favor de oírme una palabra? —prosiguió el desconocido, dirigiéndose a Daniel.

—Las que usted quiera, señor mío —dijo el joven con un pie en el estribo y otro en tierra, dándose vuelta hacia aquel hombre cuya cara no había visto todavía; mientras don Cándido, pálido como un cadáver, se escurrió hasta el coche por entre las piernas de Daniel, y se acurrucó en un ángulo de los asientos, fingiendo limpiarse el rostro con un pañuelo, pero evidentemente enmascarándose.

—¿Me conoce usted?

—¡Ah! Me parece que es el señor cura Gaete con quien he tenido la desgracia de tropezar —contestó Daniel, con la mayor naturalidad.

—Y yo creo que he oído la voz de usted en alguna otra parte. Y aquel otro señor que está adentro del coche será… ¿Cómo está usted, señor?

Don Cándido hizo tres o cuatro saludos con la cabeza sin despegar los labios, y sin acabar de limpiarse el rostro con el pañuelo.

—¡Ah es mudo! —prosiguió el fraile.

—¿Quería usted alguna cosa, señor Gaete?


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