Amalia
Amalia —Me gusta mucho oír la voz de usted, señor… ¿quiere usted decirme…?
—Que tengo que hacer, señor —dijo Daniel, saltando al coche y haciendo una señal al cochero, que hizo partir los caballos a trote largo en dirección a la plaza de la Victoria, mientras el reverendo cura Gaete se quedó sonriendo, con una expresión de gozo infernal en su fisonomía, y mirando el número de la casa de madama Dupasquier.