Amalia

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El gobernador delegado mandaba indirectamente ciertos avisos a ciertas casas sobre seguridades, sobre garantías no conocidas nunca.

En los cuarteles, los acérrimos entusiastas en el tiempo de las parroquiales se demostraban mutuamente, con una lógica concluyente, lo terrible que era el no poder vivir en paz y tener que pelear con sus «hermanos»… ¡Ah, Lavalle, Lavalle!, ¿por qué no mandasteis un escuadrón a gritar: ¡Viva la patria! en la plaza de la Victoria?

Pero sigamos.

De otro lado, las familias de los enemigos del tirano, es decir, las cuatro quintas partes de la sociedad culta y moral, esperaban y temblaban, querían reír, y sentían el corazón oprimido; Lavalle se acercaba, pero cada una de ellas tenía un hijo, un hermano, un esposo en las filas de los libertadores, y una bala enemiga podía abrirse paso por su pecho; Lavalle se acercaba, pero el puñal de la Mazorca estaba más cerca de ellas que la espada de sus amigos.

Encerradas en sus aposentos, las jóvenes tejían coronas, bordaban cintas, buscaban en el fondo de sus gavetas algún traje celeste, escondido por muchos años, para recibir a los libertadores; y las madres querían esconder dentro de sí mismas a los hijos que les quedaban aún en Buenos Aires, para que no fuesen arrebatados de las calles por las levas de la Mazorca.


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